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La soledad
ingresa en nuestra casa por el ojo de la cerradura.
Cuando la descubrimos,ya es tarde:
ocupará su lugar, en silencio,
con la displicente insolenciade los no-invitados.Medrará a nuestro coste; muchos serán los días-o las noches-
en los cuales su obstinaciónresulte intolerable.
No conviene impacientarse con ella:
aún puede clavarnos más hondo los dientes de su presencia.Sin embargo,
apenas advierta una grieta de alegría
en el muro de nuestra tristeza ,
partirá de inmediato,
muy segura de sí misma y libre de rencores;
es una buena perdedora.De todos modos sabe que, en cualquier momento,
volverá
para quedarse.